Sunday, 1 July 2012

Musica del Caribe Colombiano independencia y comienzos de la república


González Henríquez, Adolfo. La música del Caribe colombiano durante la guerra de independencia y comienzos de la Republica Revista de Historia Crítica,N. 4 Bogotá: Universidad de los Andes,1990.85-112







No se detuvo Hamilton en la descripción del tambor y permanece la incógnita sobre si era europeo o vernáculo, como si la presencia de una mujer percusionista fuera un ingrediente lo suficientemente exótico como para opacar todo lo demás. Y la tenue vena experimental aparece, más que en este formato poco usual, en un hecho irrefutable: en las horas riberanas interminables en el Plato de 1823 unos costeños con ganas de tocar eran capaces de combinar cualquier cosa.

En el siglo XIX, los más sobresalientes canales de mestizaje musical, esto es, de constante observación y experimentación en lo que se refiere al contacto entre las distintas culturas sonoras que se conjugaron en el Caribe colombiano, fueron las fiestas comunitarias y los carnavales que se celebraban en distintos sitios durante gran parte del año. En 1826, aproximadamente, los conjuntos aborígenes y mestizos se expresaban por separado en las fiestas de la Virgen de la Candelaria, la "virgen mochoroca", uno de los eventos folclóricos más importantes de aquellos tiempos y que tenía lugar el 2 de Febrero en varias ciudades y poblaciones de la Costa; de acuerdo con la narración que hizo para la Cartagena de entonces el General Joaquín Posada Gutiérrez en sus Memorias Histórico-Políticas, los instrumentos principales de los conjuntos aborígenes eran las gaitas (no mencionó la percusión de estos grupos) y bailaban en rueda, golpeando el suelo acompasadamente con los pies, cadenciosamente y en silencio; contrastaba esto con la presencia de una percusión vigorosa en la música mestiza y con una coreografía vistosa que anunciaba las cumbias, porros y fandangos de nuestros tiempos; las mujeres erguidas con la cabeza adornada de flores, la galantería del parejo que les obsequiaba las velas de sebo y el pañuelo para cogerlas, las piruetas del parejo en la rueda iluminada, etc.[73].

En el reducido espacio geográfico del Pie de la Popa, entonces un pueblo cercano, estas expresiones vernáculas coincidieron con otras que no lo eran tanto. Se construyó especialmente un gran salón de baile donde, en contraste con la libertad natural y el cielo descubierto, el ambiente era cortesano y circunspecto, tanto que alternaban sucesivamente tres clases de bailes en perfecta coexistencia pacífica: baile de primera, que fue amenizado por la banda del Regimiento Fijo de Cartagena y en el cual bailaban las "blancas de Castilla" o "puras" con sus respectivos blancos, quienes monopolizaban los títulos de "señora" y "caballero"; baile de segunda, en el cual tocó la banda del Regimiento de Milicias Blancas, y que fue presidido por pardas y pardos con cierta posición social, es decir, que fueran lo suficientemente pudientes como para vestir bien; y baile de tercera, amenizado por la banda del Regimiento de Milicias Pardas, y en el cual bailaban negras libres; no sobra observar que los "caballeros" blancos tenían el privilegio de asistir a los tres bailes. Además de estos bailes de salón existían los de las "blancas de la tierra", es decir, las mujeres de la "aristocracia del mostrador", médicos, boticarios, etc., a los cuales asistían las "blancas de Castilla" pero sin ninguna reciprocidad, esto es, las mujeres de los comerciantes adinerados no eran invitadas a bailar en las casas del notablato criollo a pesar de las relaciones de amistad personal que pudieran existir. Otro baile en estas fiestas de la Candelaria, seguramente muy interesante desde el punto de vista galante, era el de las "cuateronas''; con este nombre se denominaba a aquellas muchachas de "color entre el nácar y la canela; de ojos de lucero chispeando fuego y amor y dentadura esmaltada cual hileras de perlas panameñas", que se dedicaban generalmente a oficios artesanales como los de costurera, modista, bordadora, cigarrera, etc., que componían sus trajes con muselina y zaraza, y lucían calzado de resete. Estas "cuarteronas" amenizaban sus bailes con una o dos arpas tocadas por ellas mismas con bastante maestría, según Posada Gutiérrez, y se hacían acompañar por una o dos flautas. Tan animados e interesantes debían resultar estos bailes que los "caballeros blancos" acostumbraban asistir a ellos fugándose soterradamente de sus propios salones[74]. Y en estas fiestas de la Candelaria, hoy injustamente relegadas al olvido o circunscritas a algunos aspectos religiosos que no llegan a ser pálido reflejo de su antiguo esplendor, gran parte de la población de Cartagena se trasladaba a bailar a un pueblo vecino dando una fenomenal muestra de movilización festiva y disponibilidad para el placer.

Por otra parte, al sentar el registro de aquellas soberbias festividades, Posada Gutiérrez elaboró, tal vez sin proponérselo, un criterio sorprendentemente práctico para estudiar la estratificación social cartagenera de aquellos tiempos. El status social estaría determinado, según Posada, por la categoría del salón de baile más elevado que pudiera frecuentar un hombre, rango que adquiría por nacimiento o por matrimonio con una mujer de clase social más encumbrada —caso del General Juan José Nieto, por ejemplo—, siendo aparentemente la mujer quien llevaba sobre sus hombros el peso de la definición del rango social[75]. Una ideología señorial dominante propia de hacendados y funcionarios con ínfulas hispánicas estaría en perfecta concordancia con esto: a la mujer correspondería custodiar la casa y representar la dignidad familiar, esto es, ser la portadora de la identidad clasista, la cual de ninguna manera debía exponerse a las confusiones y distorsiones igualitarias propias de un baile en calor; por su parte, los señores, caballeros andantes tropicales que eran, debían mostrar su casta bravía enfrentando no solamente la vida política y comercial, sino a dragones y bailes de todo tipo, guardándose muy bien, eso sí, de respetar la dignidad de sus blasones cuando la ocasión lo exigiera, esto es, tenían que bailar en sus propias casas de vez en cuando.

De acuerdo con la información existente, estas fiestas de la Virgen de la Candelaria y el desaparecido Carnaval de Cartagena cerraban una intensa temporada que comenzaba mucho antes. En 1829 un viajero norteamericano tuvo la feliz oportunidad de escribir sus observaciones sobre la temporada decembrina en esa ciudad: las fiestas comenzaban antes de las Navidades y seguían prácticamente sin interrupción hasta el Día de Reyes; se paralizaban las actividades económicas e "incluso para ciertos períodos la ley prohíbe efectuar transacciones comerciales"; todas las noches, bajo un pabellón sostenido por postes, se efectuaban en la plaza pública bailes y disfraces que duraban hasta el amanecer congregando tanto a las clases altas, con sus valses, como a los esclavos, en una esquina de dicha plaza, con sus fandangos; al contrario de la usanza europea, donde se trataba de representar al personaje del disfraz, a las damas cartageneras de la época les interesaba más que todo permanecer de incógnito; por los precios elevados que tenían, a las máscaras sólo tenían acceso los más acomodados; las damas lucían vestidos costosos, adornándose la cabeza con peineta y mantilla negra y tanto en ellas como en los hombres predominaba el color blanco[76]. Por su parte, el Carnaval de Cartagena, evento ya desaparecido pero que fue seguramente importantísimo para el desarrollo del folclor sonoro costeño, en 1826, aproximadamente, fue la salida a la calle de las naciones africanas organizadas en cabildos, según la descripción del Domingo de Carnaval ofrecida por el General Posada Gutiérrez. En uso de su cuarto de hora de libertad, los esclavos salieron de la ciudad a las ocho de la mañana desfilando hasta el cerro de La Popa donde veneraron a la Virgen de la Candelaria "consuelo de los afligidos'', asistiendo a una misa solemne a mediodía; sin embargo, lejos de llegar a La Popa en una procesión cristiana, la salida de los cabildos rememoró las costumbres africanas con el estruendo propio del momento (hicieron tiros con escopetas y carabinas), disfraces, máscaras, rostros pintados y música percusiva; las mujeres se adornaron con las joyas de sus amas, quienes compitieron entre si por mostrar la esclava más vistosa; luego de la misa solemne regresaron a la ciudad llegando a las tres de la tarde y quedaron completamente libres para divertirse en sus cabildos hasta las seis de la mañana del Miércoles de Ceniza, después de lo cual volvieron a la esclavitud cotidiana a esperar otro año más para que, siguiendo una usanza que al parecer ya era antigua en la Costa, los amos les volvieran a permitir unas cuantas horas de baile en libertad[77].

En 1829 estuvo en Barranquilla el norteamericano Rensselaer van Rensselaer en calidad de huésped de John Glenn, uno de los principales comerciantes de la localidad. Invitado a un bautizo en casa de José María Peñez, quien desempeñaba el importante cargo de "juez político", tuvo por ello la oportunidad de asistir a un baile que mostraba el universo festivo de las "buenas familias" barranquilleras; luego de un refrigerio consistente en generosas cantidades de dulces, conservas, licores y cigarros, la acción se trasladó a una sala con las mujeres sentadas contra una pared y los caballeros en el lado opuesto; como en los tiempos coloniales, cada uno de los caballeros seleccionó una pareja y se colocó de pie ante ella en la sala; las mujeres sólo se levantaron de sus puestos al empezar la música compuesta de valses y contradanzas[78].


Con humor ácido, con la mirada despectiva de un hombre relativamente civilizado ante el espectáculo del provincianismo, Rensselaer pintó la pequeña mojigatería de las mujeres locales al decir que "... aparecieron todas las bellezas de Barranquilla desplegadas alrededor de la sala... de la manera terrible y sistemática como he observado que ellas se muestran en sus casas" (79), lo cual era una manera de sugerir el chisme frívolo y la moral puritana que con tanta frecuencia iban de la mano en la Barranquilla de esos tiempos.
Seguramente tanto puritanismo tropical concentrado le hizo apreciar mejor la frescura de la calle. Rensselaer coincidió con el Carnaval de Barranquilla en 1829 y consignó sus observaciones en carta a su padre. De acuerdo con éstas, era un evento que, a diferencia del carnaval italiano que duraba varias semanas, estaba reducido a tres días porque gran parte de la población dependía del trabajo cotidiano; en él se utilizó la "pica pica", yerba urticante muy conocida en toda la región costeña, para aplicarle el castigo ritual a quienes llegaran realmente a perder el buen humor por las triquiñuelas experimentadas; se lanzaron huevos 'llenos de agua sobre las ropas de quienes no se disfrazaron (como le ocurrió al propio Rensselaer); se expresaron grupos de disfraces (no descritos, por desgracia) armados con palos semejantes al Paloteo o a las luchas rituales de los Congos; lo más destacado fue, en opinión del viajero norteamericano, el evento de "La Conquista", un montaje colectivo en el cual conocidos grupos disfrazados de aborígenes —los unos civilizados o "sometidos" y los otros libres y salvajes— libraron, durante el tercer día; de Carnaval, una batalla que terminó con la derrota y prisión de los salvajes y el bautizo de uno de los cautivos; era un acto destinado a mantener en la memoria colectiva el recuerdo de la sangrienta llegada de los españoles.
Rensselaer observó que el grupo "sometí-i do'' bailó ocasionalmente en las calles al son de la gaita hembra y la gaita macho, generadoras de un "aire melodioso, salvaje y alegre" al cual podía asociarse un sentimiento preciso: "el tono familiar de un grito de guerra especialmente profundo hacía renacer ecos ancestrales"; se puede decir categóricamente que Rensselaer, un observador externo que asistió al espectáculo por primera vez, quedó profundamente impactado: "No había sido sino un burlesco simulacro... y, sin embargo, el espectáculo despertaba una serie de ideas que... asociadas con el trato antinatural y cruel que los antepasados de esta misma gente recibieron de sus conquistadores sedientos de sangre, dejaba una impresión no muy fácil de erradicar". Alguna razón tenía, pues, Rensselaer, quien seguramente no era un experto en cuestiones de mestizaje, para afirmar que, en el Carnaval de Barranquilla de 1829, el lugar principal correspondió a la cultura de los habitantes originales de estas tierras (80). En efecto, los sectores populares de la Costa Atlántica, descendientes directos del proceso de mestizaje, dirigieron la fiesta con una astucia muy propia: desprovistos de los atributos occidentales de poder, esgrimieron aquí su propio lenguaje político que combinó el placer con la práctica de las ceremonias rituales que apelaban a la memoria ancestral, tal vez como una expresión de las expectativas y premoniciones de emancipación social despertadas en el movedizo ambiente de la joven República, o también como un ejercicio de vida colectiva, una demostración típica y vernácula de un poder popular embrionario hablando en lenguaje caribeño.

El Carnaval secuestrado



Cristian Mercado/EL HERALDO

“La transformación hacia la industria del espectáculo es a la larga otra forma de secuestro del Carnaval, por lo que urge que retorne a su principal cultor anónimo: el pueblo”.


En España, Julio Caro Baroja es quizá el más importante investigador del carnaval, y dentro de las controvertidas circunstancias del franquismo y del “secularismo y laicismo burocrático”, se atrevió afirmar en cierto tono pesimista que el carnaval había muerto, “y no para resucitar como en otro tiempo resucitaba anualmente”. Sin embargo, los signos de los tiempos señalan que el carnaval en Europa y América, pero en especial en el Caribe colombiano, ha tomado nuevas fuerzas, si bien la amenaza de muerte sobre Don Carnal pende como una espada insidiosa.
El Carnaval de Barranquilla es una muestra fehaciente de tal riesgo. Y sobre el riesgo mortal de secuestro en que sobreagua el Carnaval barranquillero ya llamaron la atención actores protagónicos del mismo, como el coreógrafo Carlos Franco, quien en su momento advirtió con otros colegas sobre el peligro de la comercialización del Carnaval, de sus principales eventos populares y del consabido marginamiento de amplios sectores de la ciudad. Édgar Rey, en su libro Joselito Carnaval, sobre el particular escribió: “los actos masivos del carnaval son unas grandes vitrinas comerciales, donde se anuncian productos propios del capitalismo mundial, que configura una guerra publicitaria”.

Así que este libro de Ramos Santana, en lugar de advertirnos de la encrucijada en que sobrevive el Carnaval de Cádiz, permite recordarnos que por estos pagos sin Dios las cosas no son del todo diferentes, aparte de colocarnos frente a la disyuntiva de reasumir un trabajo de investigación que profundice el tema.
Antigua y vigente

El de Cádiz, en España, es uno de los más representativos y antiguos del país, y paralelo a su prestigio cuenta con una nómina de lujosos investigadores: José Marchena Domínguez, Manuel Fernández Mayo, Juan Ramón Cirici, Yolanda Moreno Pérez y Ricardo Moreno, entre otros, que por décadas han centrado su interés en examinar las distintas trayectorias históricas de esta expresión, que tiene epicentro en una ciudad que remonta orígenes al tiempo de cartagineses y romanos y en donde, hace cerca de 200 años, fue expedida la constitución liberal conocida como La Pepa, iniciativa que abrió la ventana para que en América irrumpieran Juntas de Gobierno que fueron el detonante para la Independencia. Ciudad indómita y festiva como pocas que, incluso en medio de los asedios franceses por tomarla durante la etapa del Consejo de Regencia, celebró su carnaval sin mayores inconvenientes ante la perplejidad e impotencia de las fuerzas napoleónicas apertrechadas en la vecina Isla de León.
En esta oportunidad destacamos la obra El carnaval secuestrado o historia del carnaval, (Cádiz, 2002), de Alberto Ramos Santana. Obra que no solo es un sesudo y documentado itinerario del universo festivo gaditano sino que incita a una entusiasta reflexión de la historia y teoría sobre el carnaval en general. Su tesis central es enfática: el Carnaval de Cádiz vive apresado, víctima de los intentos de las autoridades y poderes en suprimir y controlar una fiesta cuya esencia es la libertad.
El libro, robusto en información e ilustraciones históricas, es en palabras de su autor, más que una historia del Carnaval de Cádiz, es “una aproximación a la historia del secuestro del carnaval por los poderes públicos, por lo que genéricamente se denominaba la autoridad. Y es un secuestro universal”. Esta aseveración a más de ser fuerte no deja de ser una advertencia que invita a afirmar, salvaguardar y brindar toda la atención cultural al carnaval como tal para que el secuestro, dado en cierto contexto europeo y español, no sea del todo universal.
Una historia
Secuestro de ámbito europeo que pareciera reñir con la libertad, espontaneidad y fuerza aparentes que todavía conservan los carnavales de América: Nueva Orleans, Oruro, Río de Janeiro, Bahía, y Pasto, Riosucio y el de Barranquilla, a pesar de los intentos de reglamentación y la amenaza de hacer de ellos un producto más del mercado del espectáculo y de las parrillas televisivas en competencia.
La historia, sin embargo, pudiera ser similar a la de Cádiz en ciudades más pequeñas de la región Caribe –Ciénaga, Santa Marta– donde el Carnaval ha sido instrumentado políticamente o es pretexto servido para que las grandes empresas de bebidas alcohólicas y los empresarios del espectáculo monten suntuosos bailes en las llamadas casetas con orquestas y agrupaciones nacionales e internacionales, vaciando de sus contenidos a estas expresiones populares. En estas ciudades, por ejemplo, el carnaval ha perdido las danzas y los disfraces callejeros, y ha sido reducido a bailes de casetas y a reinados sin la alegría, el ingenio y el contagio de otros años, cuando las fiestas y las cosas eran hechas por gusto y con el mayor cuidado.
Restricciones 
Aunque los especialistas coinciden en considerar que el carnaval urbano comenzó hacia el siglo XI, el carnaval para el caso de España sufrió los embates y prohibiciones de las instituciones eclesiásticas y civiles, como las de Carlos I en 1523, que prohibió –en absoluto– las máscaras, o Fernando VII –1816–, con su ‘sexenio absoluto’, que prohibía, para el caso de Cádiz, arrojar polvos, agua, disfraces, máscaras, con una serie de medidas restrictivas con severas penas y castigos.
Como consecuencia de la dictadura, y al final de la misma, desaparecen en muchas poblaciones varias manifestaciones festivas, en las que se trastocaron las fechas cronológicas del mismo, e incluso se les cambió el nombre de carnavales por el de Fiestas Típicas Gaditanas, al estilo de las ferias comerciales y privadas.
Desde el Caribe
En fin, la obra de Alberto Ramos Santana nos presenta una mirada reflexiva, de sana crítica, para enriquecernos culturalmente y compartir en el contexto carnavalesco del Caribe colombiano.

Es una invitación a examinar con mayor rigor crítico la evolución más reciente del Carnaval en la región, examinando sus especificaciones históricas, las diferencias espaciales de los centros urbanos en que existen, y la trayectoria hacia su transformación en industria del espectáculo, que, a la larga, es otra forma de secuestro. Sería también una oportunidad para revisar los esfuerzos de recuperación de la autonomía del carnaval, que en ciudades como Santa Marta hacen los oriundos y residentes de Pescaíto, que, como respuesta a la instrumentación de estas fiestas, a su secuestro, decidieron armar tolda aparte hace más de veinte años, organizando bailes, recuperando tradiciones y sobre todo fomentando espacios para la investigación y la reflexión académica. Testimonio de que también la gente, el pueblo, los actores de la fiesta pueden rescatar a Don Carnal de los brazos del poder, y no siempre esperar que su liberación provenga de otros ámbitos.

Aunque todo pareciera indicar que el Carnaval cuando pasa de los ámbitos urbanos menores a las grandes ciudades “gana importancia pero pierde fuerza”, para citar palabras de Caro Baroja, no hay duda de que esta expresión mantiene vigencia pese a los cambios en las sociedades tradicionales en las que armó sus bártulos y echó raíces.
Urge, sin embargo, en una sociedad como la caribeña de Colombia que las corporaciones, instituciones y grupos encargados de su rescate, preservación y organización piensen en la investigación de las distintas expresiones de esta fiesta y en el diseño de estrategias que regresen el carnaval a su principal cultor anónimo: el pueblo, para que no termine de perder toda la fuerza de su capacidad transgresora. Siempre habrá que recordar que el carnaval es libertad o no es nada, o casi nada.
Por: Édgar Gutiérrez Sierra y Clinton Ramírez
Periódico El Heraldo. Sección Dominical, 2 de abril de 2011


Tuesday, 12 June 2012

Mito de Armonia Racial


Marixa Lasso
Mito de armonía racial

El artículo sostiene que la ideología nacionalista de armonía e igualdad racial -lo que los académicos contemporáneos han llamado el
mito de democracia racial”- surgió durante las guerras anticoloniales hispanoamericanas de principios del siglo XIX. Factores como
la participación de los negros y mulatos en el ejército patriota, el miedo de la elite a la guerra de razas y la poderosa ideología nacionalista
que surgió durante las guerras, llevaron a que las nuevas naciones hispanoamericanas “resolvieran” sus confl ictos raciales
con la creación de un mito nacionalista de armonía e igualdad racial. Este artículo examina el lado intelectual e ideológico de este
proceso. A lo largo del texto la autora narra cómo en las Cortes Constitucionales de Cádiz se negó la ciudadanía a los afro-descendientes
y cómo, como resultado de estos debates y de la movilización de patriotas negros y mulatos, el discurso patriota empezó a
equiparar los derechos de los pardos con la lucha en contra del sistema colonial y el patriotismo con la armonía racial. Es así como
se forja una nueva y poderosa ideología nacionalista que afectará las relaciones raciales de los próximos dos siglos.

role of cumbia as a staged process of racial harmony in independence times.

Sunday, 10 June 2012

Writing

So, the idea is try some freewriting to leve behind the coward writing and find playfulness and enjoyment...
will see.

Monday, 4 June 2012

cumbia's many faces


  • Cumbia rebelde, palenquera y cimarrona
  • Cumbia aguerrida
  • Cumbia mestiza, domesticada
  • Cumbia global


Wednesday, 23 May 2012

Butterfly effect in thought


PARATAXIS


  1. The juxtaposition of clauses or phrases without the use of coordinating or subordinating conjunctions, as It was cold; the snows came.

Century Dictionary and Cyclopedia

  1. n. In grammar, the ranging of propositions one after another without connectives, as the corresponding judgments present themselves to the mind without marking their dependence or relations on each other by way of consequence or the like. It is opposed to syntax and hypotaxis.

Wiktionary

  1. n. Speech or writing in which clauses or phrases are placed together without being separated by conjunctions, for example "I came; I saw; I conquered".
  2. n. The juxtaposition of two images or fragments, usually starkly dissimilar, without a clear connection
  3. n. In Greek political system: coalition, "partisan camp"

GNU Webster's 1913

  1. n. The mere ranging of propositions one after another, without indicating their connection or interdependence; -- opposed to syntax.

Etymologies

  1. Greek, a placing side by side, from paratasseinto arrange side by side : para-,beside; see para-1 + tassein, tag-to arrange.

Monday, 21 May 2012

Mestizaje and undecidability


ubiqutus concept that funciton politically (lo mestizo) la indecibilidad (la undecidability de un termino ver derrida)
how the context defines de term and that is why those terms have so much symbolic power in any direction,  they seem to be speaking to everybody they identify with them but comes down to some things different
works for very different political agendas

how the term is configured as a bodily level how to deal with how the mestizo is conneted to race and to gender and to class, looking trough the lens tof the body
and how the mestizo moves around look at gender in the mestizo that because in the making of the mestizo you have these other categories like afrocolombian spanish, criollos, indigena,  when we say race we are bundling a very specific category in that body allows me to go into the intricacies of it

Performative theories of identity


BRIONES, Claudia. Performative Theories of Identity and the Performativity of Theories. Tabula Rasa. [online]. Jan./June 2007, no.6 [cited 13 October 2010], p.55-83. 

Review Liberty and Equality in Caribbean Colombia


Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770–1835. By aline helg.
Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2004. Illustrations. Maps. Figures.
Notes. Bibliography. Index. xiv, 363 pp. Cloth, $59.95. Paper $22.50.

It is an interesting paradox that although Colombia has the third largest population of
African origin in the Western Hemisphere (after Brazil and the United States), its leaders
have consistently portrayed their country as a mestizo nation. On the surface, their
historical dismissal of the black population can be explained by the fact that the majority
of Afro-Colombians are inhabitants of the Caribbean coast and the Pacifi c lowlands,
which are far away and isolated from the highland capital, and that despite the density of
their numbers, they have failed to develop a “collective black- or African-derived identity”
(p. 3). However, Aline Helg is not content with these simplistic rationalizations. In
an effort to uncover more plausible reasons for Colombia’s neglect of its Afro-Caribbean
population, she has written an encyclopedic history of the Caribbean region, which
traces its social, cultural, economic, and political development from the late Bourbon era
through the early national period.
In tackling this intriguing topic, Helg examined an impressive array of archival
documents and secondary sources located in Cartagena, Santa Marta, Bogotá, France,
Spain, Great Britain, and the United States. More specifi cally, she wanted to fi nd the
answers to three questions: First, why did the lower classes of color on the Caribbean
coast not collectively challenge the small white elite during the crucial period of national
formation? Second, why did race not become an organizational category in the region?
And third, why did the Caribbean coast integrate into Andean Colombia without asserting
its Afro-Caribbeanness? In answering these questions, Helg produces a cogently
argued monograph that throws light on a multitude of topics, including Bourbon policies,
frontiers, Indians, race relations, gender roles, the war of independence, and the
sociopolitical views of independence-era leaders such as Simón Bolívar and Francisco de
Paula Santander.
In her conclusion, Helg summarizes her analysis and returns to her initial questions.
She suggests that the Caribbean region’s postcolonial fragmentation and dependency on
Bogotá largely “resulted from people’s continuing identifi cation, throughout the war for
independence and after 1821, with individual cities, towns, and villages rather than with
their province, their region, or New Granada” (p. 238). By opting for legal racial inclusion
from the time of the fi rst independence, the new national leaders embraced a vision
of a racially mixed majority. The decision to grant legal equality and suffrage to all adult
men, regardless of race, helped to erase the “stain of slavery,” even though slavery was not
completely abolished until 1852. The acceptance of mulattoes and blacks into the Caribbean
militias also promoted “a fuzzy yet enduring racial hierarchy,” and the development
of popular support for the Liberal and Conservative Parties further integrated local and
regional Caribbean constituencies into the Colombian nation. As a result, nonwhites
posed no problems to the elite, as long as they did not challenge the socioracial hierarchy
and existing power relations. In the few instances when they did threaten white
supremacy, such as mulatto general José Padilla’s challenge to Bolívar in 1828, nonwhites
were quickly repressed or, as in the case of Padilla, executed. Finally, Helg argues that
“the most abiding reason why the Caribbean region avoided social confl ict and remained
within New Granada despite its racial distinctiveness was the continuing existence of
vast uncontrolled hinterlands and frontiers as well as an unguarded littoral offering viable
alternatives to rebellious and free-spirited individuals” (p. 262).
In one sense, Helg’s book is only the most recent contribution to the boom in
regional studies dealing with Colombia’s Caribbean, which began more than two
decades ago with Orlando Fals Borda’s four-volume Historia doble de la costa (Valencia
Editores, 1979–86). Her placement of her subject within a comparative perspective of
the Americas expands its relevance to researchers beyond those of us who concentrate
on Colombian history. Scholars interested in the interaction of elite and popular classes,
in mestizaje, in slave systems, in the role of women in the wars of independence, and
in frontier societies and Indian resistance will surely fi nd insights that will enhance
their understanding of these complex topics regardless of their country specialization

Critical Geographies of Latinamerica


For instance, there is increasing evidence suggesting that differences in racial relations within and between the social context of the researcher and a given Latin American country or locality, informs the research encounter in multiple and unpredictable ways. One consequence of differing racial histories and imaginaries is that white North American researchers find it difficult to see the ways in which racism operates in Latin America. According to Bonnett (2000, p. 51), the seemingly fluid systems of racialization in Latin American countries mask the ways in which “whiteness remains the most important element in the organization of racial identity” (see also Wade, 1997).
In part, their arguments rested on the grounds that indigenous peoples had the option of becoming ladinos (an identity category predicated upon being non-indigenous) by simply abandoning their native tongue and style of dress., 9 And yet, ladino or mestizo [mixed-race] racial formations are premised upon and reproduce the superiority of whiteness as “key to, and symbol of, social and economic ascendancy” (Bonnett, 2000, p. 51; see also Bianchi et al., 1999). In a very different case, Warren (2000) argues that “white comfort” and white privilege in Brazil leads many white researchers to become invested in the belief that Brazil is a “racial democracy”. Consequently, the ways in which Brazil's racial democracy privileges whites in everyday life is obscured.
In part, their arguments rested on the grounds that indigenous peoples had the option of becoming ladinos (an identity category predicated upon being non-indigenous) by simply abandoning their native tongue and style of dress., 9 And yet, ladino or mestizo [mixed-race] racial formations are premised upon and reproduce the superiority of whiteness as “key to, and symbol of, social and economic ascendancy” (Bonnett, 2000, p. 51; see also Bianchi et al., 1999). In a very different case, Warren (2000) argues that “white comfort” and white privilege in Brazil leads many white researchers to become invested in the belief that Brazil is a “racial democracy”. Consequently, the ways in which Brazil's racial democracy privileges whites in everyday life is obscured.

critical geographies of latinamerica
juanita sundbergq