Sunday, 1 July 2012

El Carnaval secuestrado



Cristian Mercado/EL HERALDO

“La transformación hacia la industria del espectáculo es a la larga otra forma de secuestro del Carnaval, por lo que urge que retorne a su principal cultor anónimo: el pueblo”.


En España, Julio Caro Baroja es quizá el más importante investigador del carnaval, y dentro de las controvertidas circunstancias del franquismo y del “secularismo y laicismo burocrático”, se atrevió afirmar en cierto tono pesimista que el carnaval había muerto, “y no para resucitar como en otro tiempo resucitaba anualmente”. Sin embargo, los signos de los tiempos señalan que el carnaval en Europa y América, pero en especial en el Caribe colombiano, ha tomado nuevas fuerzas, si bien la amenaza de muerte sobre Don Carnal pende como una espada insidiosa.
El Carnaval de Barranquilla es una muestra fehaciente de tal riesgo. Y sobre el riesgo mortal de secuestro en que sobreagua el Carnaval barranquillero ya llamaron la atención actores protagónicos del mismo, como el coreógrafo Carlos Franco, quien en su momento advirtió con otros colegas sobre el peligro de la comercialización del Carnaval, de sus principales eventos populares y del consabido marginamiento de amplios sectores de la ciudad. Édgar Rey, en su libro Joselito Carnaval, sobre el particular escribió: “los actos masivos del carnaval son unas grandes vitrinas comerciales, donde se anuncian productos propios del capitalismo mundial, que configura una guerra publicitaria”.

Así que este libro de Ramos Santana, en lugar de advertirnos de la encrucijada en que sobrevive el Carnaval de Cádiz, permite recordarnos que por estos pagos sin Dios las cosas no son del todo diferentes, aparte de colocarnos frente a la disyuntiva de reasumir un trabajo de investigación que profundice el tema.
Antigua y vigente

El de Cádiz, en España, es uno de los más representativos y antiguos del país, y paralelo a su prestigio cuenta con una nómina de lujosos investigadores: José Marchena Domínguez, Manuel Fernández Mayo, Juan Ramón Cirici, Yolanda Moreno Pérez y Ricardo Moreno, entre otros, que por décadas han centrado su interés en examinar las distintas trayectorias históricas de esta expresión, que tiene epicentro en una ciudad que remonta orígenes al tiempo de cartagineses y romanos y en donde, hace cerca de 200 años, fue expedida la constitución liberal conocida como La Pepa, iniciativa que abrió la ventana para que en América irrumpieran Juntas de Gobierno que fueron el detonante para la Independencia. Ciudad indómita y festiva como pocas que, incluso en medio de los asedios franceses por tomarla durante la etapa del Consejo de Regencia, celebró su carnaval sin mayores inconvenientes ante la perplejidad e impotencia de las fuerzas napoleónicas apertrechadas en la vecina Isla de León.
En esta oportunidad destacamos la obra El carnaval secuestrado o historia del carnaval, (Cádiz, 2002), de Alberto Ramos Santana. Obra que no solo es un sesudo y documentado itinerario del universo festivo gaditano sino que incita a una entusiasta reflexión de la historia y teoría sobre el carnaval en general. Su tesis central es enfática: el Carnaval de Cádiz vive apresado, víctima de los intentos de las autoridades y poderes en suprimir y controlar una fiesta cuya esencia es la libertad.
El libro, robusto en información e ilustraciones históricas, es en palabras de su autor, más que una historia del Carnaval de Cádiz, es “una aproximación a la historia del secuestro del carnaval por los poderes públicos, por lo que genéricamente se denominaba la autoridad. Y es un secuestro universal”. Esta aseveración a más de ser fuerte no deja de ser una advertencia que invita a afirmar, salvaguardar y brindar toda la atención cultural al carnaval como tal para que el secuestro, dado en cierto contexto europeo y español, no sea del todo universal.
Una historia
Secuestro de ámbito europeo que pareciera reñir con la libertad, espontaneidad y fuerza aparentes que todavía conservan los carnavales de América: Nueva Orleans, Oruro, Río de Janeiro, Bahía, y Pasto, Riosucio y el de Barranquilla, a pesar de los intentos de reglamentación y la amenaza de hacer de ellos un producto más del mercado del espectáculo y de las parrillas televisivas en competencia.
La historia, sin embargo, pudiera ser similar a la de Cádiz en ciudades más pequeñas de la región Caribe –Ciénaga, Santa Marta– donde el Carnaval ha sido instrumentado políticamente o es pretexto servido para que las grandes empresas de bebidas alcohólicas y los empresarios del espectáculo monten suntuosos bailes en las llamadas casetas con orquestas y agrupaciones nacionales e internacionales, vaciando de sus contenidos a estas expresiones populares. En estas ciudades, por ejemplo, el carnaval ha perdido las danzas y los disfraces callejeros, y ha sido reducido a bailes de casetas y a reinados sin la alegría, el ingenio y el contagio de otros años, cuando las fiestas y las cosas eran hechas por gusto y con el mayor cuidado.
Restricciones 
Aunque los especialistas coinciden en considerar que el carnaval urbano comenzó hacia el siglo XI, el carnaval para el caso de España sufrió los embates y prohibiciones de las instituciones eclesiásticas y civiles, como las de Carlos I en 1523, que prohibió –en absoluto– las máscaras, o Fernando VII –1816–, con su ‘sexenio absoluto’, que prohibía, para el caso de Cádiz, arrojar polvos, agua, disfraces, máscaras, con una serie de medidas restrictivas con severas penas y castigos.
Como consecuencia de la dictadura, y al final de la misma, desaparecen en muchas poblaciones varias manifestaciones festivas, en las que se trastocaron las fechas cronológicas del mismo, e incluso se les cambió el nombre de carnavales por el de Fiestas Típicas Gaditanas, al estilo de las ferias comerciales y privadas.
Desde el Caribe
En fin, la obra de Alberto Ramos Santana nos presenta una mirada reflexiva, de sana crítica, para enriquecernos culturalmente y compartir en el contexto carnavalesco del Caribe colombiano.

Es una invitación a examinar con mayor rigor crítico la evolución más reciente del Carnaval en la región, examinando sus especificaciones históricas, las diferencias espaciales de los centros urbanos en que existen, y la trayectoria hacia su transformación en industria del espectáculo, que, a la larga, es otra forma de secuestro. Sería también una oportunidad para revisar los esfuerzos de recuperación de la autonomía del carnaval, que en ciudades como Santa Marta hacen los oriundos y residentes de Pescaíto, que, como respuesta a la instrumentación de estas fiestas, a su secuestro, decidieron armar tolda aparte hace más de veinte años, organizando bailes, recuperando tradiciones y sobre todo fomentando espacios para la investigación y la reflexión académica. Testimonio de que también la gente, el pueblo, los actores de la fiesta pueden rescatar a Don Carnal de los brazos del poder, y no siempre esperar que su liberación provenga de otros ámbitos.

Aunque todo pareciera indicar que el Carnaval cuando pasa de los ámbitos urbanos menores a las grandes ciudades “gana importancia pero pierde fuerza”, para citar palabras de Caro Baroja, no hay duda de que esta expresión mantiene vigencia pese a los cambios en las sociedades tradicionales en las que armó sus bártulos y echó raíces.
Urge, sin embargo, en una sociedad como la caribeña de Colombia que las corporaciones, instituciones y grupos encargados de su rescate, preservación y organización piensen en la investigación de las distintas expresiones de esta fiesta y en el diseño de estrategias que regresen el carnaval a su principal cultor anónimo: el pueblo, para que no termine de perder toda la fuerza de su capacidad transgresora. Siempre habrá que recordar que el carnaval es libertad o no es nada, o casi nada.
Por: Édgar Gutiérrez Sierra y Clinton Ramírez
Periódico El Heraldo. Sección Dominical, 2 de abril de 2011


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